Un viaje desde Cairo hasta Ciudad del Cabo

Y llegaron las lluvias. De Malawi a Cataratas Victoria

Nos quedamos en Nkhata Bay, ese paradisíaco enclave en el corazón del lago Malawi. El hotelito donde nos alojamos está casi desierto, y nos dejan a precio de dormitorio comunitario una cabaña sin baño pero con una agradable terraza frente al lago. Justo debajo de nuestra terraza había una pequeña playa, con un par de hamacas para tomar el sol. La playa es de roca, pero las aguas cristalinas y los peces de colores te hacen creer que estás en un rincón tropical. Cada mañana nos preparamos el desayuno en la terraza, disfrutando de las vistas al lago y contemplando como los pescadores pasaban con sus canoas hechas a base de troncos huecos de árbol. Puntual a su cita llegaba a punto mañana Koffran, el encargado de vigilar esa desierta playa, que salvo nosotros y una chica inglesa, (los únicos huéspedes del hotel) nadie más utilizaba.

La playa y el chamizo de Koffran desde nuestra terraza

La playa y el chamizo de Koffran desde nuestra terraza

Koffran era delgado, extremadamente delgado. Aparentaba la cincuentena, pero a buen seguro que tendría muchísimos menos. Sin duda el sida que desde hace años arrastraba le consumía por dentro. Los tres días en los que nos alojamos en Nkhata, Koffran venía ataviado con el mismo pantalón de vestir varias tallas superior, una camiseta de tirantes de color sucio indefinido con más agujeros que lamparones y unas sandalias con gruesos calcetines. Todos los días llegaba con un paraguas bajo el brazo para protegerse del sol y una pequeña bolsa al hombro donde guardaba una chaqueta y una escudilla con unos cubiertos. Colgaba la bolsa de un gancho y se sentaba bajo un chamizo que había en la minúscula playa, mirando eternamente al infinito. Tan solo se levantaba en contadas ocasiones, imagino que para ir al servicio y al mediodía para rellenar de las cocinas del hotelito su escudilla con nzima (la omnipresente pasta de maíz del centro de Africa) y algo de guarnición. El resto del tiempo, lo pasa sentado mirando perpetuamente al lago Malawi. Cuando en algún momento bajamos en la playa, nos saludaba con una franca sonrisa, pero sus escasos conocimientos del inglés hacía difícil extender la conversación más allá de los corteses saludos. Probablemente no supiera leer, de ahí que un libro fuera inútil. No se cuantos años llevaba trabajando en el hotel y si con sus escuálidos brazos en algún momento habrá sacado a algún turista del agua. Desde la terraza lo observábamos, con esa mirada perdida, siempre frente al lago. Es una estampa habitual en Africa. Contemplar un cuerpo sentado bajo un árbol, observando el inexorable paso del tiempo sin ansiedad ni hastío. Así es el transcurrir de las manecillas del reloj en Africa: la prisa no existe y la sensación de pérdida de tiempo no ha llegado a este continente. Tan solo te sientas en un chamizo a observar el devenir de las aguas del lago Nyasa, durante horas, días y semanas, rompiendo tu ensimismamiento con un good morning, how are you? cuando un turista baja a bañarse a los dominios de la playa. Y sin olvidar esa sonrisa tan sincera y afable, que pese a no poder comunicarte con él, hacía que le cogieras cariño al instante.

El último día bajé a la playa a despedirme de él. Le regalé unos pantalones y una camiseta, y aún me acuerdo de cómo le cambió su expresión al darle mis ya usadas prendas. ¿Para mi? Me preguntaba el pobre diablo…. Aún se le hacía extraño que alguien pudiera ayudarle a renovarse su ajado vestuario.

Nuestra siguiente parada era en Benga, tres horas al norte de la capital, para visitar la misión que tienen nuestros amigos de Emalaikat en Malawi. Uno de los chicos que veíamos a diario en los alrededores del hotel y con los que entablamos conversación, nos pidió llevarle hasta Nkhotakota, 40 kilómetros al norte de Benga, para visitar a su madre, que hacía 5 meses que no veía y así se ahorraba los 7€ que costaba el autobús hasta allí. Como era muy agradable y nos venía de paso, no tuvimos inconveniente. Una vez en su pueblo, nos invitó a comer con él y su familia, y allí que nos fuimos. En una modesta choza de ladrillo y techo de uralita, habían colocado unos raídos mantelitos donde comimos junto a sus padres y la atenta mirada de hermanos, hijos, primos y vecinos que se arremolinaban alrededor de la mesa. Parecía más una comida de altos representantes internacionales rodeados por la prensa acreditada que una modesta comida a base de nzima y ocra que teníamos que comer sin cubiertos, apelmazando con nuestras manos una pelotilla de la masa de maíz y cogiendo luego la verdura junto a la albóndiga de nzima.

Nos despedimos de nuestros anfitriones y al poco llegamos a Benga, donde Fernando nos acoge y nos enseña el inmenso trabajo que están haciendo en esa pequeña misión. Uno de los principales problemas de la sociedad africana es la falta de previsión para acometer el futuro. Lo que a nosotros nos puede resultar obvio, no lo es en una sociedad que no ha sido educada para ello. El aislamiento de las comunidades rurales y su falta de servicios, hace que su preocupación se centre en el día a día y lo que pasa mañana ya tratarán de resolverlo en su momento. Es por ello, que en los alrededores de Benga, pese a la cercanía del lago Malawi, no existe un sistema de regadío que nutra las huertas vecinas, y las cosechas se reducen a una al año. Los agricultores, una vez acabada la época de lluvias, venden su excedente sin preocuparse de almacenar para los meses venideros, y tienen que comprar posteriormente el maíz que han vendido a un precio superior. Y a eso se le añade la falta de conocimientos sobre lo que es una dieta equilibrada, produciendo tremendas hambrunas en los meses en que los campos todavía no han dado sus frutos y enfermedades fruto de una dieta basada en el maíz y sin otros aportes vitamínicos adicionales.

Los niños con su ración diaria de leche

Los niños con su ración diaria de leche

Y aquí es donde Fernando y su equipo están trabajando duramente. Por una parte tratando de educar a los agricultores en la importancia de guardar parte del excedente, secando el mango para poder consumirlo en meses futuros o almacenando el maíz y realizando cursos de formación a las madres sobre la importancia de una dieta variada, especialmente en los primeros años de vida. El segundo gran proyecto es una escuela infantil, donde han creado dos aulas con capacidad para unos 40 niños, donde les proporcionan 5 comidas al día y una educación en inglés según el método Montesori. Con ellos buscan que, hasta que puedan crear una escuela de secundaria, estos niños crezcan sanos y fuertes y sirvan como ejemplo para las familias de la zona y que accedan a la educación pública secundaria con más formación que el resto y eso les permita obtener alguna beca que les de acceso a la onerosa universidad del país y puedan ser el día de mañana el futuro de ese país.

Lavándose las manos antes de comer

Lavándose las manos antes de comer

Para ellos han adquirido 2 vacas lecheras (la inmensa mayoría de las vacas en África son para carne, y de ahí que la única leche que se pueda encontrar sea en polvo y a precios no accesibles al bolsillo medio) y han formado a 5 profesores que se emplean a fondo en esa tarea. Pudimos observar que esos niños, con tan solo 4 años hablan perfectamente inglés y están tremendamente bien educados, lavándose las manos antes de comer y sirviéndose ellos mismos las comidas. Ojalá esos niños puedan labrarse un futuro y ayudar a un próspero Malawi…. La verdad es que pueden considerarse afortunados, ya que acompañamos a Fernando a la escuela pública de una aldea, y la realidad de la escuela de Malawi es bien distinta…. La escasez de profesorado hace que más de 100 alumnos se hacinen en aulas donde tan sólo hay una pizarra. Ni pupitres, ni cuadernos, ni bolígrafos…. Y eso cuando tienen aulas, porque las últimas lluvias habían provocado el derrumbe de una de ellas y 120 alumnos tenían que dar sus clases bajo la sombra de un gran árbol de mango.

Una de las aulas de una escuela de Malawi

Una de las aulas de una escuela de Malawi

Ardua tarea tiene por delante Fernando, ya que es difícil cambiar la mentalidad local, como pudimos comprobar en un paseo por las chozas rurales junto a James, uno de los colaboradores de la misión, donde conversamos con un hombre al que hacía 4 años había mordido una serpiente pero se negaba ir al cercano hospital y seguía tratándose con la medicina local, ya que la mordedura había sido fruto del mal de ojo de un familiar. No había conseguido mejorar mucho de la mordedura y el pobre hombre aún seguía caminando con dificultad, con un pie que más se parecía a un botijo descarnado que a una articulación.

El pie tras la picadura de la serpiente

El pie tras la picadura de la serpiente

Pero en eso se emplea Fernando y sus compañeros, apostando por las nuevas generaciones, motor y esperanza del África del siglo XXI. Como bien comentaba mi amigo Nacho, la labor de Fernando, Angel, David  y compañía sí que es Marca España, y lo demás tonterías. Así que si queréis colaborar con alguno de los proyectos en los que estas personas emplean su vida, lo podéis hacer a través de la Fundación Emalaikat.

Abandonamos Benga y hacemos un alto en la costera ciudad de Senga Bay, donde coincidimos con Jean Paul y Joel, dos franceses, de 61 años y jubilados anticipadamente, que decidieron embarcarse en su 4×4 y lanzarse rumbo a conocer África hace ya la friolera de 22 meses. Para ello atravesaron España y cruzaron a África por Marruecos, bajaron hasta Sudáfrica y ahora remontaban rumbo a Egipto, al que esperaban llegar en unos 9 o 10 meses. Da gusto la alegría y vitalidad que desprenden, y ¿qué hay mejor para disfrutar de tu jubilación, que hacerte 70.000 kilómetros en tu coche? Como bien nos contaban mientras nos hacíamos un pescado a la barbacoa, comprado directamente a los pescadores, y bebíamos un vaso de vino sudafricano, en Francia tenían unos gastos de unos 50€ al día, y viajar así hasta les permitía ahorrar si lo comparaban con sus gastos en su ciudad de origen.

Nuestros amigos franceses Joel y Jean Paul

Nuestros amigos franceses Joel y Jean Paul

Abandonamos Malawi y nos internamos en Zambia, bajo un tremendo aguacero. Nuestro destino es el parque de South Luangwa, donde nos alojamos en el Wildlife Camp, uno de esos lugares de ensueño, en los que por 6 euros acampas a borde del río Luangwa, completamente solos y con una piscina para uso exclusivo. ¡Así da gusto!. El primer día nos despertamos y nos damos cuenta que hay unos leones merodeando el campamento, lo que añade todavía más encanto al paraje. Durante el día nos internamos en el parque, en el que apenas nos cruzamos con ningún automóvil, y tenemos la fortuna de contemplar a un grupo de leones devorar a una jirafa a la sombra de una acacia. Pasamos la mayor parte del día disfrutando de ese espectáculo que nos brinda la naturaleza, hasta que el atardecer nos acecha con la misma intensidad que un negro nubarrón y doña prudencia nos conmina a abandonar a nuestros hambrientos felinos. ¡Pero el destino nos tenía reservada una nueva aventura!

Piscina en nuestro solitario camping

Piscina en nuestro solitario camping

Nos dirigimos hacia la puerta de entrada al parque, pero cuando todavía nos faltan 30 kilómetros comienza el diluvio universal. Auténticos ríos de lodo desembocan en la pista por la que avanzamos con cautela. Al final de una curva, nos encontramos a un coche atascado en la salida de un camino secundario. El camino está en pendiente, y parece que el Nilo y el Zambeze juntos parecen desembocar por esa pista. Dentro del coche hay una sola persona, apurada ya que sus ruedas patinan en el fango y el nivel del agua comienza a subir peligrosamente. Al vernos se baja del coche, con el agua casi por la rodilla y nos pide ayuda. Nos calzamos nuestras botas de agua y bajo el chaparrón, enganchamos una eslinga a su coche para sacarlo de allí. Es increíble como puedes acabar de mojado en tan solo 5 minutos. Hasta la ropa interior nos chorreaba, pero conseguimos desatascar el coche del barro del desafortunado conductor.

Leona zampándose a una jirafa

Leona zampándose a una jirafa

Enfocamos los dos coches el camino a la salida del parque, pero al atravesar lo que a la ida había sido un pequeño torrente, ahora se ha convertido en una peligrosa corriente de agua, haciendo arriesgado el afrontar su vadeo. Nuestro nuevo compañero nos comenta desde la ventanilla de su coche que hay otra pista que da un rodeo y evita este repentino torrente, y podemos intentar a ver si es circulable. Pero no. Al atravesar cerca de una charca repleta de hipopótamos y en una zona de altas hierbas, es nuestro coche el que se queda atascado en el barro. Nos ponemos de nuevo a la tarea de sacar el coche con el cabestrante bajo la atenta mirada de los hipopótamos, que no acaban de comprender la afición de esos humanos de rebozarse en el barro. Una vez el coche sobre terreno estable, pensamos en el próximo paso a dar. El problema es que nos hemos quedado aislados sin poder salir del parque ni por una carretera ni por otra, así que nos subimos al coche de nuestro amigo a parlamentar sobre nuestra situación. La noche ya se ha echado encima y estamos a menos de un kilómetro del grupo de hambrientos leones y sin posibilidad de salir del parque ni pedir ayuda, ya que no hay cobertura telefónica. Así que tomamos la única decisión posible: echar el freno de mano y pasar la noche en el corazón del Parque Nacional de South Luangwa.

Sacamos el toldo de nuestro coche y nos apretujamos los tres bajo su refugio. Mientras preparamos una cena a base de pasta, nuestro nuevo compañero, Owen, consigue milagrosamente encender un fuego ayudado por la corteza de un árbol para proteger las llamas. ¡Eso es un boy scout y lo demás tonterías! La tormenta amaina y nos relajamos los tres, disfrutando de nuestra imprevista situación. Owen es el encargado del mantenimiento de un lodge cercano cerrado ahora durante la estación de lluvias. Nos pone al día de su vida, de cómo es el octavo de doce hermanos, de los cuales siete han fallecido a causa del sida y que a parte de sus 5 hijos, tiene al cargo a tres de uno de sus difuntos hermanos. Nos cuenta que quiere que sus hijos estudien, ya que aspira a que tengan mejor vida que él. Para ello, además de ocuparse el huerto que tiene en su casa, trabaja en el lodge para poder pagar los estudios a sus hijos. Nos hace preguntas, sobre nuestra vida en España, el por qué de que con nuestra edad todavía no hemos tenido hijos y si el preservativo de verdad protege del sida tal y como dicen o es solo un rumor. Son interesantes las conversaciones que surgen a la lumbre de una exigua hoguera mientras escuchas a los animales salvajes de uno de los más famosos parques de África merodear a tu alrededor…. Y sobre todo y recordando las charlas de Fernando, te das cuenta de todo lo que queda por hacer en África, sobre todo a la hora de informar. Si la información consiguiera llegar a los hogares africanos con la misma facilidad que nos llega a nosotros, otro gallo les cantaría….

Nos ponemos ropa seca y nos echamos a dormir dentro de nuestros respectivos coches. La noche pasa sin incidentes (bastantes habíamos tenido ya) y al despuntar el alba, tratamos de volver a cruzar el torrente. La corriente de la noche anterior ha desaparecido y ahora solo queda un inmenso charco que conseguimos traspasar sin problemas y así salir del parque. Owen les cuenta las tribulaciones nocturnas a los rangers de la entrada que se ríen mucho sin darle mucha importancia al asunto. Así son las cosas en África. No te puedes quedar a dormir en el parque, pero si las circunstancias obligan, ¡pues a por ello, compañero!

Disfrutamos de un merecido día de descanso en nuestro camping favorito, limpiando el coche y la embarrada ropa del día anterior antes de poner rumbo a Lusaka, capital del país. Tras reponer nuestra despensa, nos dirigimos a Zimbabue, con la intención de rodear el lago Kariba por su orilla austral. Este lago,fronterizo entre Zambia y Zimbabue, es el tercer mayor lago artificial del mundo que recoge las aguas del río Zambeze una vez que se han desmelenado tras su caída por las denominadas cataratas Victoria.

Billete de 100 trillones de dólares

Billete de 100 trillones de dólares

Zimbabue es un país diferente al resto de los que hemos atravesado. Dirigido con mano de hierro por el perenne Mugabe, que en los años 80 llegó al poder con el sueño de ser la potencia económica africana, ya que tenía recursos naturales para ello, creando un próspero y rico país. Pero como buen dictador, sus ínfulas de poder provocaron que el gobierno se le fuera de las manos, estableciendo medidas que llevaron al país a la ruina. Sin duda la más polémica fue a finales de los años 90 cuando expulsó a los granjeros blancos del país, lo que conllevó el bloqueo económico internacional de Zimbabue. Como contrapartida, dolarizó la economía, equiparando su moneda al billete verde, y tras una inflación que llegó a alcanzar el 10.000%, lo único que consiguió es llevar a la ruina a un país que en los años 80 fue un ejemplo de bonanza. Desde el año 2009, y cuando la tasa de desempleo rozaba el: 80%, se dejó de utilizar el dólar de Zimbabue y solo se usa el dólar americano. Atrás han quedado esos billetes de 100 trillones de dólares que tenían fecha de caducidad y a los que les faltaba sitio en el papel para poner tanto cero. Hoy en día, el coste de la vida tiene estándares occidentales: El litro del diesel cuesta 1,3 euros y una lechuga en un supermercado Spar 1 euro, pero el salario medio apenas roza los 100 dólares. Pero los Zimbabuenses prefieren olvidarse de la política, de su economía dolarizada y han decidido sonreír al mundo, haciendo sentir como en casa a todo el que llega a su país.

Pasamos una lluviosa noche a orillas del lago Kariba, para poner rumbo al parque de Mana Pools. El día amanece gris. El camino de entrada al parque está flanqueado por numerosos baobabs, con los troncos desgarrados por los elefantes que rozan sus lomos contra ellos para rascarse. Estos gigantes arbóreos, de desordenadas ramas que se alzan bajo el cielo gris y los troncos hechos jirones dan un aspecto fantasmagórico a la ruta, dando una imagen de espectros agitando sus brazos y tratando de amedrentar al visitante que se adentra en sus dominios.

Baobab en el camino a Mana Pools

Baobab en el camino a Mana Pools

El parque está prácticamente inundado, y son escasas las pistas transitables. Nos damos un par de vueltas al único circuito transitable y no vemos demasiada fauna, así que nos vamos a descansar a la zona de acampada, a orillas del río Zambeze. Somos los únicos inquilinos del camping, emplazado a un par de kilómetros de los edificios de los rangers del parque. El cielos nos ofrece un despejado atardecer, que utilizamos para que Cristina me corte el pelo mirando al cuarto río de África y nos preparamos un estupendo fuego con el que nos cocinamos sendos pescados que habíamos comprado el día anterior a un pescador del lago Kariba.

La vida salvaje que nos negó el parque de Mana Pools durante el día, nos la ofreció durante la noche. A parte de los gruñidos de los hipopótamos saliendo del agua a pocos metros nuestros, un grupo de gacelas sufrió una noche de estrés encajonada entre un par de humanos que les iluminaban con la linterna y un leopardo que buscaba la cena, y se oían sus chasquidos de alerta a escasos metros de nuestra hoguera, por otro lado un grupo de leones rugía a lo lejos, planificándose la cena. Y allí estábamos Cristina y yo, solos en un par de kilómetros a la redonda, con nuestro fuego, nuestro sabroso pescado y un brick de 6 litros de vino sudafricano que sabe a gloria en estas noches de aventura. Y es que es lo que tiene este continente. Te permite ser testigo de un atardecer de película a orillas de uno de los mayores ríos de la tierra, mientras que durante la noche y amparados tan solo por la exigua protección de una hoguera, escuchas a todos los animales del parque cazar y ser cazados en un ritual nocturno que te hace volver al hombre primigenio que una vez debimos ser.

El fuego nuestro de cada día

El fuego nuestro de cada día

Y si la noche fue inolvidable, el amanecer no nos defraudó, y es que a un enorme elefante le dio por desayunar los brotes de un árbol junto a nuestro coche. Y allí que nos quedamos, una hora metidos dentro del coche esperando a que el enorme paquidermo nos dejara salir sin peligro de perturbarlo.

Elefante que nos viene a dar los buenos días

Elefante que nos viene a dar los buenos días

Atrás dejamos Mana Pools y pasamos varios días circunvalando el lago Kariba, descubriendo la vida local de esta zona rural de Zimbabue. Carreteras secundarias, algunas devastadas por las últimas lluvias y con un transporte público prácticamente inexistente hacen que la gente se busque la vida como puede. Es habitual ver autoestopistas buscando que alguien les acerque a su destino. Recogimos a unos pocos, escuchando sus particulares historias, tan diversas como el que venía de ver a un familiar enfermo que vivía a 28 kilómetros y los recorría a pie o el que, recordándonos las historias de Fernando, tenía que hacer 14 kilómetros para comprar maíz en un poblado cercano, ya que en el suyo ya se les había agotado. Nos hacía gracia, que al preguntarles hasta donde iban, todos te decían, a la parada de Unugula, o a la parada de Mr. Siajena. Y es que cada aldea o concentración de chozas, como no existen los puntos kilométricos en estas carreteras, se señalan como la parada de Bus de mi familia, y un cartel que pongo para que el conductor sepa hasta donde voy.

La parada de bus en la choza del Sr. Siajema

La parada de bus en la choza del Sr. Siajema

Tras las vistas del lago Kariba, les llegó el turno a las cataratas Victoria, las verdaderas guardianas del Zambeze. Y es que estas cataratas, que se reparten entre Zambia y Zimbabue, son sin duda alguna majestuosas. Con más de 1700 metros de largo y más de 100 metros de altura arrojando más de 500 millones de litros por minuto en la época de más caudal (en estos meses de febrero y marzo) es todo un espectáculo de la naturaleza. Por ello en el idioma local se denominan Mosi Oa Tunya, que viene a decir algo así como el humo que truena. Y realmente es ensordecedor el ruido que viene acompañado con un vapor de agua que hace que acabes calado hasta el tuétano.

Hace millones de años, el Zambeze transcurría apaciblemente por las llanuras africanas, bien asentado sobre un fondo de rocas basálticas, hasta que una veta de sedimentos más endeble cedió, abriendo una profunda brecha transversal en el transcurrir del río, provocando las actuales cataratas. El ser humano vivía en los alrededores, pero no fueron dadas a conocer para el mundo occidental hasta que un misionero llamado Livingstone, oyó hablar sobre ellas en el año 1851. Pero no fue hasta el 16 de noviembre de 1855, en que explorando la ribera del río Zambeze a bordo de una endeble canoa y acompañado de unos guías locales, oyó a lo lejos el rugir del río, y una nube que se levantaba en el horizonte. Las palabras que anotó en su libro tras su descubrimiento dicen: La más maravillosa vista que he presenciado en África. Nunca antes habían sido avistadas por ojos europeos , pero las escenas son tan encantadoras que tan solo han debido ser contempladas por los ángeles en su vuelo.

Vista de las cataratas desde Zambia

Vista de las cataratas desde Zambia

No fue hasta 1904 en que el ferrocarril permitió que las cataratas fueran visitadas de una forma más cómoda, tendiendo el famoso puente que une los dos países en el año 1905. Nosotros las visitamos unos años más tarde, y desde ambas vertientes, ya que desde los dos países es todo un espectáculo. El rugido del agua precipitarse ferozmente en la profunda sima creando una vaporosa lluvia que lo cubre todo es otro de esos inolvidables espectáculos que nos ha brindado África en este gran viaje.

Pasamos unos días en la vertiente Zimbabuense, en la localidad de Victoria Falls, y otros en Livingstone, en el lado Zambiano, disfrutando de un atardecer de película, a orillas del río, saboreando una helada cerveza desde el hotel Royal Livingstone, contemplando el vapor ascender hacia los cielos. Dejando volar la imaginación y sin pensar en la cerveza que tienes en la mano, no es difícil retroceder 160 años en el tiempo, subirte a bordo de un frágil esquife e imaginarte remando por el río Zambeze contemplando esa misma nube etérea junto a uno de los mayores exploradores de todos los tiempos: El Dr. Livingstone, supongo…..

Vistas del atardecer y el vapor de la catarata

Vistas del atardecer y el vapor de la catarata

Empapaditos disfrutando de las cataratas

Empapaditos disfrutando de las cataratas

Niños bebiendo la leche en la misión de Malawi

Niños bebiendo la leche en la misión de Malawi

Alumnos dando clase bajo un árbol de mango

Alumnos dando clase bajo un árbol de mango

El puente que une Zambia y Zimbabue sobre el río Zambeze

El puente que une Zambia y Zimbabue sobre el río Zambeze

Atardecer sobre el río Luangwa

Atardecer sobre el río Luangwa

Author: Álvaro

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7 Comments

  1. Hola Alvaro y Sra. Me encanta lo que escribís y como lo contáis.Muchas gracias con el detalle para con el colega Koffan.Saludos,un abrazo.

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    • Me alegra que te gusten nuestras historias Melchor! Ojala tuvieramos más cosas para dar a todos los Koffran que nos encontramos en el viaje!
      Un abrazo

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  2. Cristina, Alvaro,… aunque continuaré en mi cómodo sofá, de nuevo otra fantástica aventura!!!.
    Las fotos espectaculares!!! (me ha encantado el “majestuoso baobad”).
    Si por casualidad os encontráis pronto con un montañero (“ya mayor”) de Zaragoza, por favor: ¡cuidármelo unos días!,… porque eso de que “los leones merodeando añaden encanto…”, supongo que es una licencia literaria.
    Un abrazo!!!!

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    • Ya contaremos en el próximo blog las aventuras con el montañero “mayor”. Un abrazo!!!

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  3. Fran, Montañero mayor no, “montañeros mayores”, que van dos!!!!!!!!!!!
    Cuídalos Álvaro

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    • Ya los mandamos de vuelta sanos y salvos! Y se lo han pasado en grande!!! Ya contaremos las andanzas en el próximo blog!

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  4. Mucho Álvaro y Cristina!
    El blog espectacular. Da gusto leerlo. Me alegro que estéis de fabula.
    Un abrazo a los dos !

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