Un viaje desde Cairo hasta Ciudad del Cabo

El Cabo de Buena Esperanza: Fin del viaje

Nos habíamos quedado en Swakopmund, ese municipio de confusa pronunciación fundado por los alemanes en 1892. En esa época, Inglaterra controlaba todo el litoral desde Walvis Bay, situado 30 kilómetros al sur, hasta Ciudad del Cabo, por lo que los germanos fundaron su único puerto marítimo en el sudoeste africano para hacer frente a la supremacía anglosajona. Hoy en día, Swakop, como se la conoce familiarmente, es una agradable ciudad de edificios coloniales que parecen sacados de una aldea de la profunda Baviera más que del centro vacacional namibio por excelencia. Reconvertida en la capital de la adrenalina del país (esta llena de anuncios de saltos en paracaídas o surf en las dunas) es, siempre y cuando la persistente niebla que abunda en la zona lo permite, una agradable ciudad de anchas avenidas y edificios coloniales emplazada en mitad de un desierto que recuerda a los de la península arábiga. Para nosotros significa el haber llegado a la civilización: aceras, alumbrado público, cerveza de barril y publicidad en las calles nos hace darnos cuenta que el fin de nuestro viaje se encuentra cerca.

Pero aún nos quedaban muchas aventuras por disfrutar. La primera es acercarnos hasta Sandwich Harbour, un antiguo emplazamiento pesquero desierto a día de hoy, pero reconvertido en una de las rutas 4×4 más desafiantes de Namibia. 45 kilómetros de la más absoluta soledad. Tan solo dunas a tu derecha, el mar a tu izquierda y arena y más arena al frente. Nos adentramos paralelos al mar, contemplado como alguna foca asoma la cabeza del agua al ver pasar nuestro coche. Nos atascamos en la arena, pero conseguimos salir, y acabamos el día descendiendo dunas como la guinda adrenalítica del día.

Abandonamos la costa y nos dirigimos hacia Sossusvlei, el mayor atractivo del país y carta de presentación de Namibia en todos los folletos y pasquines de viaje. La peculiaridad de este mar de dunas emplazado en el Parque Nacional de Namib-Naukluft es el color rojizo de su arena. Estas arenas se formaron en el desierto del Kalahari hace 5 millones de años, y fueron arrastradas por el río Orange, fronterizo entre las actuales Namibia y Sudáfrica, hasta el océano Atlántico. Una vez en el mar, la corriente de Benguela que proviene de la Antártida, las fue depositando a lo largo de la costa. La mutación de su color fue simplemente con el devenir del tiempo y su alto porcentaje en hierro, que fue oxidando los granos de arena, dándole ese característico tono bermellón. Estas arenas se asentaron esporádicamente alrededor de unas antiguas lagunas que se secaron en la noche de los tiempos, formando los vleis, palabra afrikáner para describir estas llanuras de sal y arcilla. Y la conjunción de estos fenómenos es lo que ha dado como resultado la magia de Sossusvlei. Dunas de más de 300 metros de altura de un color rojo intenso que contrastan con el azul límpido del cielo asentadas sobre enormes explanadas blancas salpicadas por troncos negruzcos de árboles resecos hace más de 500 años, hace que te sientas un habitante de otro mundo. Es inigualable la experiencia de sentarte al amanecer en el lomo de una duna a contemplar como sale el sol por el horizonte, y disfrutar como éste va bañando las dunas de dorado, color que con las horas del día va pasando por todas las tonalidades imaginables de naranja hasta acabar en el rojo intenso del atardecer. Ya había podido gozar anteriormente de este espectáculo, pero no me cansaría nunca de la belleza de este paisaje. Para mi, es sin duda uno de los destinos Top 5 del mundo, que todo viajero debería tener la oportunidad de contemplar al menos una vez en su vida.

Sossusvlei, con sus dunas rojas y su cielo azul

Sossusvlei, con sus dunas rojas y su cielo azul

Abandonamos Sossusvlei, cruzando la espectacular carretera que cruza el parque nacional de NamibRand, rumbo a Lüderitz, una antigua colonia alemana famoso por ser el hogar de unos de los mayores yacimientos de diamantes del mundo. Al igual que Norteamérica sufrió el fervor de la fiebre del oro a finales del siglo XIX en California y Klondike, el Africa Austral tuvo su particular diamond rush cuando en 1908, un trabajador de la línea de ferrocarril que unía Lüdertitz con Keetmanshoop encontró en la arena una piedra de cristal brillante. Y en tan solo dos años se erigió Kolmanskop, toda una ciudad que llegó a contar con escuela, hospital, gimnasio, bolera y casino. El punto álgido de esta ciudad llegó durante la I Guerra Mundial, cuando se llegaron a recoger hasta 1000 kg de diamantes, pero al acabar la contienda, el precio del diamante cayó en picado y las reservas de Kolmanskop dieron señales de agotamiento, por lo que el pueblo fue siendo abandonado paulatinamente hasta que en 1954, su último habitante echó el cerrojo de su casa. A partir de ese momento, los únicos pobladores de esta población fueron las serpientes y las arenas, que poco a poco fueron invadiendo una a una las casas transformando lo que otrora fue una próspera ciudad, en una población devorada por el desierto.

Casas invadidas por la arena

Casas invadidas por la arena

Hoy en día Kolmanskoop es un reclamo turístico, como ciudad fantasma. Y realmente es fantasmagórico adentrarte en sus casas invadidas por la arena y descubrir todavía restos de vida de hace escasos 60 años.

Fantasmagórica imagen en Kolmanskoop

Fantasmagórica imagen en Kolmanskoop

Continuamos ruta con la próxima marca dibujada en el mapa sobre el Cañón del Río Fish, en el corazón de la región de Karas, al sur de Namibia. Esta región árida, aburrida, monótona, cubierta por una infinita meseta flanqueada por unas grises montañas allí donde la vista se confunde con el horizonte, se ve bruscamente violentada por una profunda brecha en el corazón de la tierra. Es el cauce del río Fish, que hace su aparición en forma de abrupto precipicio hacia las entrañas del planeta. Cuentan las leyendas bosquimanas que un grupo de cazadores estaba tratando de atrapar a una serpiente, y en su afán por escabullirse, ésta arrastró su cuerpo por las ardientes rocas de la llanura, horadando con su cuerpo el cauce del río Fish, dando como resultado un cañón con 160 kilómetros de longitud de serpenteantes vueltas y revueltas y una profundidad que llega a superar los 550 metros en algunos puntos. Parece que la comunidad científica, como siempre más prosaica, afirma que el río Fish, un pequeño afluente del Orange de tan solo 650 kilómetros de longitud y que discurre seco la mayor parte del año, ha conseguido esculpir con las pocas aguas que recibe tras la exigua época de lluvias, el segundo mayor cañón del mundo tras el del Colorado.

Contemplando el cañón de Fish River

Contemplando el cañón de Fish River

Pasamos un par de días contemplando la magnificencia de la naturaleza, de cómo un paisaje insulso puede convertirse en un escaparate en el que te sientas durante horas a contemplar semejante arquitectura natural, antes de poner rumbo a nuestra última frontera: Sudáfrica.

Vamos quemando los últimos cartuchos de este gran viaje. Ya en tierras sudafricanas, nos dirigimos a su extremo norte, ese pico que se adentra como una cuña entre los territorios de Namibia y Botswana formando el parque nacional del Kgalagadi. Este parque, emplazado en la frontera sur de del desierto de Kalahari, significa precisamente el lugar de la sed. Aunque estos días parece que el Dios de la lluvia, que no suele dejarse ver por estos lares, le ha dado por hacer una visita a este sediento rincón. No suele llover en esta zona más de 10 días al año, y hemos tenido la mala suerte de coincidir con dos de esos días. El resultado, es que los animales no necesitan acudir a beber a las escasas charcas que hay en el parque, ya que tienen barra libre del líquido elemento en cualquier charco. Aún así disfrutamos contemplando oryx, jirafas, avestruces y otros mamíferos, pero ni rastro de los leones de melena negra, famosos por habitar en este parque. Pero eso no quita para que durante la noche disfrutáramos de una barbacoa con una pareja alemana, a la que se nos unió Steven, un amable sudafricano que había venido al parque una semana con su familia para disfrutar las fiestas de Semana Santa.

Sudáfrica es un país curioso. Pese a que tan solo el 9% de la población es blanca, estos poseen la inmensa mayoría de la riqueza de un país que genera el 25% de todo el PIB de África. Y en terrible contraste con las élites de raza blanca, la cuarta población del país subsiste con 1,25 dólares al día. Es cierto que en todos los lugares que hemos visitado en Sudáfrica, casi la práctica totalidad de los visitantes son de raza blanca. En el camping donde nos alojamos, no hay alojado ni un solo miembro de la mayoría racial del país. Todos los trabajadores son negros, pero los que están alojados en sus grandes 4×4, con tiendas de campaña más grandes que mi apartamento de Madrid y un despliegue tecnológico fuera de lo común, son blancos. Porque el Sudafricano (blanco) sólo tiene 3 pasiones: El rugbi, la barbacoa o braai, y el bushcamping, o el salir de acampada a disfrutar de la naturaleza. Y es que parece que el camping haya sido inventado en este país, tal y como están acondicionados y preparados los numerosísimos campings que te encuentras por el camino. Y como en toda afición, tienes a los expertos en la materia, como el coloquial Steven, que ante la falta de leones nos dio una clase magistral de otro tipo de animales endémicos, mostrándonos lo abundantes que son los escorpiones en esta zona gracias a su (un tanto friki, todo hay que decirlo) lámpara de luz ultravioleta. Nos fuimos con él a buscar en un agujero a escasos 10 metros de donde estábamos cenando un enorme escorpión que, gracias a la luz especial, se veía de color verde fosforito. Al ver que nos entusiasmaban sus historias, nos mostró su equipo de acampada, barbacoa portátil, fregadero de camping y hasta un armario repleto de luces de colores que no resulto ser un ovni sino un conversor de energía solar en eléctrica.

Escorpión visto con luz ultravioleta

Escorpión visto con luz ultravioleta

Tras el Kgalagadi ponemos rumbo a Ciudad del Cabo. Nos lleva prácticamente dos días de interminable viaje atravesar el veld, o infinita llanura salpicada de arbustos y pequeños árboles que apenas sirven para dar algo de sombra, donde solo parece existir una infinitamente recta carretera escoltada en toda su extensión por una interminable valla que delimita granjas de ingentes extensiones donde quien sabe para que las utilizan, salvo para criar algunos pocos animales que aguanten este clima tan extremo. Bueno, quizá exagero. Cada varios cientos de kilómetros hay algún pueblo de mala muerte al que no recomiendo a nadie con un mínimo de sociabilidad que vaya a vivir si no quiere acabar cortándose las venas. Pero súbitamente el paisaje cambia, y tras atravesar un macizo montañoso, llegamos a las montañas de Cederberg, a 250 kilómetros de Ciudad del Cabo.

Nos alojamos en el camping de la zona denominada Argelia, bautizada así por un militar francés que había estado destinado en el país magrebí, y cuyas montañas le recordaban a los montes argelinos. Nada más aparcar el coche y sin tiempo a desembarcar, nos asalta un joven, cerveza en mano, invitándonos a descubrir con ellos la segunda pasión del país. La braai. Constatamos que la barbacoa en este país es como una religión. En cualquier pequeña tienda o colmado tienes tu sección de braai. Y en las grandes superficies, es ya para volverse loco, con barbacoas, utensilios, libros de recetas y todo tipo de cachivaches inimaginables para realizar la barbacoa perfecta.

Uno de los pasillo de un supermercado con los accesorios para la barbacoa

Uno de los pasillo de un supermercado con los accesorios para la barbacoa

Gustosamente aceptamos la invitación, y disfrutamos aprendiendo con estos 5 chicos los secretos transmitidos de generación en generación para la excelencia barbacoil. Con la abundancia de cerveza y vino, la lengua se suelta, y empezaron a disertar sobre los problemas de su país. La verdad es que con todos los blancos que hemos hablado, coinciden en el mismo discurso. El rand, la moneda local, se ha ido devaluando paulatinamente desde los años 90, haciendo perder poder adquisitivo a los sudafricanos. Si hace 30 años por 1 dólar conseguías 3,5 rands, a día de hoy hacen falta 13 rands para obtener un dólar. La clase dirigente, de raza negra, utiliza medidas para beneficiar a las clases más desfavorecidas, en contra de las clases blancas predominantes, que se quejan del cambio sufrido en pocos años. Sin duda el apartheid no existe oficialmente, pero existe todavía si no es racismo, unas terribles desigualdades encubiertas. Los centros de las ciudades están tomadas por los blancos, que son los gerentes y dueños de prácticamente la mayoría de los comercios del país. En las afueras de todas las ciudades, sin excepción y sin importar el tamaño de la villa, existen los denominados townships, que es el equivalente a la favela brasileña. Ingentes barriadas de chabolas de latón en calles sin asfaltar, a años luz de las agradables casas unifamiliares de los centros urbanos. No es extraño entrar a un negocio, como por ejemplo una carnicería, y el gerente es blanco y tener a una docena de personas de raza negra trabajando en el establecimiento. Es un país que nos genera sentimientos enfrentados. Los sudafricanos son abiertos, campechanos, todos de tamaño XXL, pero es cierto que a diferencia del resto de países que hemos visitado en el viaje, la única relación que hemos tenido con las gentes del país ha sido con sudafricanos de raza blanca. Las diferentes etnias de raza negra, apenas se han relacionado con nosotros en el tiempo que hemos pasado en Sudáfrica. Imagino que la losa del apartheid costará borrarla del sentimiento colectivo de varias generaciones.

Disfrutando de la braai o barbacoa

Disfrutando de la braai o barbacoa

Al día siguiente subimos a lo alto de una catarata, con espléndidas vistas del valle y tras el picnic de rigor, emprendemos rumbo hacia nuestro destino final: Ciudad del Cabo. La Madre, como se la denomina cariñosamente, es una ciudad cosmopolita, limpia, bonita, de agradables calles encajonadas entre el océano Atlántico y la Table Mountain, la famosa montaña de cima plana, como una mesa, que forma la característica estampa de Ciudad del Cabo. Aquí casi todo el mundo habla inglés. El afrikáner, el idioma de la minoría blanca, descendientes de los boer holandeses (palabra que en ese idioma significa granjero) más conservadores y con fuertes raíces religiosas deja paso al inglés, hablado por la minoría más progresista y liberal del país, compuesta por los descendientes de los británicos e inmigrantes del mundo anglosajón.

Pasamos un par de días paseando el barrio de Bo Kaap y por las agradables  calles de Long Street y Kloof Street, repletas de atractivos cafés y restaurantes ubicados en edificios coloniales y siempre con la Table Mountain como telón de fondo, mientras ponían a punto a nuestro Ferdi en el Garaje Toyota local.

Calles del barrio de Bo Kaap

Calles del barrio de Bo Kaap

Solo nos quedaba acercarnos hasta el Cabo de Buena Esperanza, punto final de nuestro viaje. La carretera que discurre paralela al mar es preciosa. Los barrios más ostentosos de Ciudad del Cabo se encuentran en esta atestada carretera, con enormes mansiones mirando al mar y lujosos deportivos aparcados en las aceras. Las construcciones se acaban y serpenteamos por el denominado Chapman´s Peak Drive, unos kilómetros de carretera literalmente escavados en el acantilado haciendo de este uno de las rutas más fotogénicas de todo África, hasta que llegamos hasta la Reserva Natural del Cabo, donde se encuentra el Cabo de Buena Esperanza, descubierto por el navegante portugués Bartolomé Díaz en 1498 y bautizado originalmente como Cabo de las Tormentas.

Ascendemos al antiguo faro, a 240 metros sobre el nivel del mar. Este hermoso faro se construyó en 1860 y estuvo funcionando hasta 1911, fecha en el que se construyó otro a más baja altitud, ya que el elevado emplazamiento del faro original provocó más de un naufragio al quedar oculto en numerosas ocasiones por las nubes. Disfrutamos de las espléndidas vistas que se contemplan desde ese privilegiado emplazamiento. Al sur, el mar ininterrumpido hasta la Antártida. Al norte, todo el continente africano. Y ahí estamos nosotros, tras 161 días de viaje en el que hemos recorrido 28.121 kilómetros por tierras africanas, con alegría por haber concluido el viaje sanos y salvos, aunque también con cierta nostalgia por poner punto final a esta hermosa aventura que comenzó hace ya tanto tiempo en el puerto de Alejandría. ¡Misión cumplida! Algo emocionados, nos hacemos una foto de fin de viaje, junto a nuestro coche y el cartel del Cabo de Buena Esperanza. mientras la radio arroja unos versos del gran Sinatra, los mismos que sonaron justo cuando comenzamos el viaje.

And now, the end is near – Y ahora, que se acerca el final
and so i face the final curtain – Y me enfrento a la bajada del telón
my friend, i’ll say it clear – Amigo mío, lo diré sin rodeos,
i’ll state my case, of which i’m certain – Hablaré de mi caso, del cual se mucho
I’ve lived a life that’s full. – He vivido una vida plena,
i’ve traveled each and ev’ry highway – Viajé por todos y cada uno de los caminos.
but more, much more than this – Y más, mucho más que esto,
i did it my way – Lo hice a mi manera.

 

Fin del viaje, el Cabo de Buena Esperanza

Fin del viaje, el Cabo de Buena Esperanza

Los días que nos quedan los empleamos en disfrutar de uno de los últimos atardeceres africanos desde la Table Mountain, con Ciudad del Cabo a nuestros pies y una buena botella de vino en la mano brindando por los perennes recuerdos de este viaje, antes de pasar un par de días recorriendo algunos de las numerosas bodegas que hay en la zona. Y es que en los alrededores de Ciudad del Cabo se agrupan hasta 150 bodegas de deliciosos vinos sudafricanos. Por muy poco dinero, puedes disfrutar de las catas de sus deliciosos caldos en un marco incomparable. Las montañas a un lado, los viñedos al otro y el mar al fondo… ¡Sin duda un destino al que regresar y disfrutarlo con calma!

Atardecer desde lo alto de la Table Mountain

Atardecer desde lo alto de la Table Mountain

Pero no nos podíamos ir de Africa sin una última aventura, que llevamos muchos días demasiado relajados. Y esta se nos apareció en forma de Tiburón Blanco. Nos apuntamos a una de las numerosas excursiones que hay para avistar el tiburón blanco. Nos subimos a un pequeño barco en Simonstown, a 40 minutos de Ciudad del Cabo. El frío es intenso, y es que una persistente niebla no acaba de despegarse de la superficie del mar. Llegamos a la denominada Isla de las Focas, en False Bay. Introducen la jaula en el agua, y nos embutimos en nuestros neoprenos para aguantar mejor los 13 grados de temperatura del agua. En seguida aparece uno de los enormes escualos, de 4 metros de longitud. Tenemos un par de oportunidades para meternos dentro de la jaula y verlos bajo el agua. La verdad es que pensaba que no usaban cebo para contemplar a estos animales, pero atan a una maroma cabezas y colas de atún, que atrae a los tiburones y por unos instantes dejan de perseguir focas para centrar su atención en nosotros. La verdad es que impresiona ver a estos bellos animales tan cerca. Su mirada siniestra, su boca maliciosa y su enorme envergadura hace que te sientas indefenso ante su potencia. Pero es en la segunda inmersión, donde, al ser los últimos en meternos en la jaula, echan toda la carnaza al agua y nuestro querido pececillo bien que se pega un festín a nuestro lado. Furioso arrampla con el cebo y se pone a dar coletazos, golpeando nuestra jaula, donde Cristina y yo tan solo confiamos en que los cabos con los que está sujeta aguanten. Pero lo más impresionante es cuando se pone a morder furiosamente el cebo contra la jaula… Tener esa terrible boca a menos de 40 centímetros es sin duda alguna sobrecogedor… Os hemos hecho un vídeo resumen donde podéis contemplar la furia de este animal y hasta escuchar los gritos de Cristina bajo el agua… Tengo que confesar que no soy partidario de que echen cebo al animal, ya que los animales deben alimentarse sin la intervención del hombre, pero no puedo negar que la experiencia me pareció indescriptible…

 

Y con este ejemplo de la fuerza animal africana concluimos nuestro viaje. Emprendemos el regreso con el corazón dividido, en parte con ganas de ver a los nuestros, pero con pena porque este sueño acabe.

Escribo estas últimas líneas desde la mesa de mi apartamento de Madrid. Cristina repasa desde el sofá y con la mirada lánguida algunas de las fotos del viaje. Mañana vuelve a trabajar (yo ya me pasé por la agencia el jueves) y nos resulta extraño. Todavía no nos hemos habituado a nuestra nueva vida, la de siempre. Atrás ha quedado el hacer un fuego para cocinar la cena, esos cielos estrellados, esas sonrisas de los niños saludándote a tu paso, esos paisajes infinitos, pintados con paletas de colores irreales. Esos desiertos, esas montañas, esas carreteras infernales, esos rostros que hemos dejado atrás en el camino. Esos buenos amigos que hemos hecho y que probablemente nunca más volvamos a ver.

Horrorizados hemos leído hoy en el periódico el terrible naufragio de un barco de inmigrantes y que el Estado Islámico ha ejecutado a 28 inmigrantes etíopes en Libia por ser cristianos. Y ha venido a mi cabeza ese chico etíope que conocí en Jartum, que quería cruzar a Europa a través de Libia y me soltó esa frase que aún me retumba en la cabeza: “la vida es un reto, y eso en África es algo que se vive cada día….”. Solo espero que haya conseguido su sueño y no se haya quedado por el camino… esos caminos de Africa, bellos, salvajes, amables, donde nos hemos sentido más vulnerables, más humanos, donde nos ha costado menos sonreír y ser felices, porque todos los días te das cuenta de lo afortunados que somos, no por ser mejores o más listos, sino simplemente por haber nacido donde hemos nacido y no un poco más al sur. Por eso África siempre quedará en nuestros corazones, nos ha hecho darnos cuenta de que sonreír cuesta muy poco y que hace falta demasiado poco para ser feliz. Basta con un fuego en plena naturaleza, buena compañía, las estrellas sobre tu cabeza y la magia de África envolviéndote como una madre.

Nuestra ruta por Africa

Nuestra ruta por Africa

 

Author: Álvaro

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7 Comments

  1. Álvaro y Cristina, vuestro viaje sin duda impresionante, pero vuestro relato también.
    A distancia y desde nuestra poltrona he disfrutado un montón.
    Así se lo dije a tu padre este finde, cuando estuvimos ( pobres de nosotros…) en Olite y Sos siguiendo a Fernando II el Católicos de la experta mano de Miguel Ángel Hidalgo.
    Gracias de verdad por lo que me has hecho disfrutar y muchísima suerte a los dos en vuestras experiencias únicas.

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  2. Bienvenidos a casa chicos!. Con ganas de tomarnos unas birrillas con vosotros, seguir escuchando vuestras historias y ver como pones en práctica Alvarito tus nuevos conocimientos para montar una buena barbacoa.

    Gran aventura y viaje!….seguro que vienen más y mejores.

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  3. Cristina, Álvaro,…¡Bienvenidos!
    Espero que soportéis con ánimo vuestra añoranza por África.
    Yo jamás la he sentido, aunque sólo hice la mili viendo todos los días el monte Gurugú.
    Claro,… esta era otra África, otra aventura y un viaje programado,… ¡pero no deseado! (…jajaja).
    Un afectuoso saludo, y descansar un poco, aunque sea en un “civilizado” sofá de Ikea.
    Fran

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  4. Gracias Álvaro y Cris por compartir vuestro maravilloso viajon!!!!!!

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  5. Muchas felicidades a ambos por esta escepcional travesia
    Con el tiempo sera unos de vuestros mejores recuerdos y una exeriencia unica y apasionante
    Todo mi respeto
    JoanQ

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  6. Digno colofón a tu Blog, Alvaro. En este último episodio has echado el resto. Quizás al terminarlo en la casa “cotidiana”, tu inspiración ha volado a lo lejos, para hacer historia de un viaje que será de recuerdo imborrable para los dos a lo largo de toda vuestra vida. Enhorabuena por haber coronado el viaje con total éxito….Ahora viene lo más difícil, dar sentido a la “rutina” de la vida ordinaria…; para los dos esto creo no va a representar ninguna dificultad, dada vuestra riqueza interior. Te recuerdo Cris que tenemos una deuda pendiente y la primera es conocer personalmente a Alvaro, para la otra hay mucho tiempo por delante si Dios quiere.
    Un abrazo muy fuerte para los dos.

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    • Gracias Jose Mª! Aquí estamos poco a poco habitúandonos a no encender un fuego cuando tenemos que cenar… Cuando quieras solucionamos las deudas pendientes!!! :-)

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