Un viaje desde Cairo hasta Ciudad del Cabo

De montañas, mares y lagos

Poco a poco vamos dejando atrás las tierras masais, haciendo antes un alto en Arusha y en Moshi, las ciudades más importantes del norte de Tanzania. Tenemos la fortuna que desde la terraza de nuestro albergue en Moshi, el Kilimanjaro, amablemente nos dio la bienvenida abriéndose paso entre las nubes y dejándonos ver su nevada cima bañada por la luz del atardecer africano. El techo de África nos dio su particular bienvenida a sus territorios.

1 La cima del Kilimanjaro desde Moshi

La cima del Kilimanjaro desde Moshi

Ponemos rumbo al sur, dejando atrás las faldas del “Kili” para adentrarnos en las denominadas llanuras masais, unas inmensas planicies cubiertas de enormes plantaciones de sisal, una pequeña palmera similar a una piña gigante que se utiliza para elaborar cuerdas, cestos y tejidos, para desviarnos a la pequeña población de Lushoto, en el corazón de las montañas Usumbaras. Éstas se levantan imponentes, dominantes, verticales, como si fueran los muros de una fortaleza de 1000 metros de altura que trata de defenderse de un mar de color verde repleto de escuadrones de soldados ataviados con cascos de hojas de piña.

Abandonamos la amplia ruta que une Arusha y Dar er Salaam, las dos ciudades más importantes del país, para serpentear por una carretera que se adentra en este macizo montañoso. Las montañas Usumbara fueron utilizadas por los colonos alemanes como refugio ante el caluroso clima tropical de las tierras bajas hace más de 100 años. Como grandes bebedores de café que son, tuvieron la brillante idea de plantar el grano de oro en esas tierras. Para ello talaron gran cantidad de árboles del frondoso bosque de Mkuzi sin pensar que el café necesita sombra para poder crecer. Así que el experimento les salió rana y dejaron las montañas más peladitas que el culete de un mandril. Con ese paisaje y las fuertes lluvias arreciando sobre las pendientes de las colinas, consiguieron que las Usumbara se convirtieran en un erial. Afortunadamente, a principios de los años 80, una ONG holandesa se propuso recuperar las fértiles tierras de la provincia de Tanga, y para ello plantaron eucaliptos, de rápido crecimiento, para asentar las tierras, y los años siguientes comenzaron a combinar los árboles endémicos con terrazas de cultivos de maíz, té y diversas hortalizas, recuperando así en tan solo 30 años el esplendor y belleza de este macizo montañoso.

Aparcamos el coche durante 4 días para estirar las piernas y disfrutar de algunas de las numerosas excursiones que se pueden realizar por esta zona. La primera tarde la aprovechamos para contemplar el atardecer desde el mirador de Irati, un balcón natural que se suspende sobre el valle casi un kilómetro bajo tus pies. Al día siguiente  paseamos por el bosque de Magamba donde nuestro guía Ally encuentra entre la maleza al camaleón de dos cuernos, endémico del lugar, además de instruirnos sobre las distintas especies de cultivos, árboles y matorrales, haciéndonos aprender mucho sobre la medicina tradicional, todavía muy utilizada entre las gentes de la etnia Shambaa, mayoritaria en las Usumbaras.

Tras 18 kilómetros de marcha, salimos a una pista de tierra donde bajo unos árboles almorzamos un sabroso picnic a base de ensalada de tomate, pimiento, cebolla, pepino y aguacate, chapatis y samosas de carne mientras hacíamos tiempo a que pasara el autobús local que nos acercara a la aldea de Rangwi. El autobús hizo su aparición, renqueante y atestado de gente. Apenas teníamos sitio donde colocar los pies, ya que todos los asientos estaban completos con hasta 3 o 4 personas por cada par de asientos. Pasamos una larga hora que nos recuerdan de alguna manera las ya perdidas sensaciones del metro madrileño en hora punta antes de que se fuera desalojando poco a poco el autobús y poder conseguir un asiento para que no se nos hiciera demasiado pesada la siguiente hora de ruta que nos quedaba.

2 Niña portando cubos de agua

Niña portando cubos de agua

Es sorprendente lo bien que llevan los africanos los largos viajes en sus duros transportes públicos. Ni una queja, ni una protesta. Todo sobrellevado con resignación espartana. Ni siquiera los niños pequeños refunfuñan. Nunca se escucha un lloro o un pataleo. De hecho es casi un acontecimiento extraordinario escuchar a un niño africano llorar. Imagino que el saber que nadie te va a hacer ni caso ni a consolarte te enseña a no desperdiciar energías innecesarias y aprenden a entretenerse mirando por la ventanilla o contemplando con ojos de búho a dos blanquitos apretujados entre una oronda señora con un bebé a la espalda y una pila de cajas de tomates.

Finalmente Ally nos conmina a bajar del autobús y continuamos caminando media hora más por una senda hasta llegar a la aldea de Rangwi, lugar donde vamos a pasar la noche. Son las últimas horas de día, y es cuando las mujeres y niñas de la aldea se acercan al pozo para buscar el agua necesaria para cocinar. Es sorprendente la habilidad con la que se colocan en la cabeza un balde de varios litros de agua, normalmente apoyado sobre una tela enrollada en forma de ensaimada que hace de almohadilla, y regresan a sus casas a la misma velocidad a la que avanzamos nosotros. Caminan elegantemente erguidas por escarpadas sendas adecuando los hombros y el cuello a las irregularidades del terreno, para acompasar su caminar a las ondulaciones del líquidos en el cubo y conseguir no derramar ni un sola gota. Probamos a imitarlas, con los cubos llenos a tan solo una cuarta parte y únicamente conseguimos ser el hazmerreir del pueblo durante los próximas jornadas…

Pasamos la noche en un monasterio de novicias, donde nos alimentan como obispos a base de una suculenta ensalada de tomate caliente típica de la zona, carne de ternera con zanahoria y patatas fritas, arroz y verduras en una deliciosa salsa y nos damos una reponedora ducha africana, echándonos agua con una jofaina desde una palangana. La mayor parte de los pueblos africanos no tienen luz eléctrica, y sólo los hogares más pudientes se alumbran con un generador o placas solares. Incluso las grandes ciudades cuentan con varios hogares a oscuras y tan solo las avenidas principales tienen alumbrado público, siempre y cuando no se corte la luz, algo desgraciadamente demasiado habitual. Las duchas, por lo general, son de agua fría, y son escasas las casas que tienen un calentador para que el mando de la ducha con el circulito rojo cumpla su cometido. El agua corriente tampoco es algo habitual (por eso una de las escenas más habituales de Africa es el de una mujer, siempre una mujer, portando agua en su cabeza) y muchos hogares no cuentan con un baño, sino que suelen ser letrinas comunales o simplemente, un rincón en el campo. No es extraño cuando vas a un restaurante local y les preguntas por el servicio, te conducen por un callejón trasero hasta encontrar un agujero en el suelo refugiado entre 4 (o a veces 3) paredes, o simplemente te dicen que no tienen.

3 Mercado en Sunga

Mercado en Sunga

Al día siguiente, y tras el pantagruélico desayuno, nos ponemos en marcha, subiendo y bajando colinas y atravesando numerosas aldeas, descubriendo la forma de vida local de esta zona de Tanzania. Cada día de la semana se celebra un mercado en alguna de las aldeas de la región de las Usumbaras y el día de hoy toca en la aldea de Sunga. Hombres y sobre todo mujeres de las aldeas y chozas de los alrededores se desplazan hasta allí para vender los alimentos de sus tierras o comprar de los vendedores ambulantes algún artículo que puedan necesitar como telas, vasijas  o materiales de construcción. Todo mercado africano es alegremente colorido. Mujeres ataviadas con telas de múltiples tonalidades extienden en el suelo los frutos de la última semana: judías, tomates, cebollas o ajos. No son grandes cantidades, lo justo que pueden llevar en una cesta sobre la cabeza. Suelen ocupar una explanada en el centro de la aldea o la confluencia de las calles principales. Los comerciantes habituales, esos buhoneros que cada día se desplazan de aldea en aldea para vender sus productos, cuentan con puestos más elaborados, con un pequeño toldo donde guarecerse del sol o de la lluvia y una pequeña banqueta. Nadie dispone de transporte privado. Tan solo si necesitas llevar algo voluminoso, contratas los servicios de una moto o boda-boda.

4 Niñas en las Usumbaras

Niñas en las Usumbaras

Éste, el de las moto-taxis, es otro espectáculo de los caminos africanos. Hemos visto motos transportando mercancías imposibles, tan solo igualadas (nunca superadas) por el motorista loco del Gran Circo Americano. Motos de 125 cc transportando 4 adultos, 12 cajas de tomates o hasta un sofá de tres plazas con el pasajero sentado cómodamente entre sus almohadones. Estas motos circulan no solo por las carreteras asfaltadas o por las pistas de tierra, sino también por las estrechas sendas por las que los africanos consiguen llegar hasta su choza.

Tras 6 horas de más que agradable caminata, llegamos hasta lo que denominan el mirador Mamba, donde de nuevo podemos disfrutar de un atardecer de película. En el hotelito donde nos alojamos, no disponen de bebidas frías, así que nos acercamos a un lodge cercano regentado por unos holandeses donde nos sirven una cerveza helada y hasta nos facilitan unas hamacas para poder contemplar la puesta de sol frente al acantilado. Nos da rabia tomarnos la cerveza en un lugar de europeos en vez de que nuestro dinero vaya a parar a la gente local, pero como nos dice con humor y algo de tristeza nuestro guía Ally: T.I.A., o lo que es lo mismo, This Is Africa, (esto es Africa) aludiendo a que pese que en el hotel sabían que íbamos a llegar a dormir, ni tenían arreglada la habitación, ni tenían ningún refresco comprado y hasta tuvimos que esperar hora y media para que nos prepararan la cena. Y es que la mentalidad occidental es tan diferente a la africana… No digo que una sea mejor que la otra. Sin duda, económicamente hablando, el carácter europeo es más proactivo (los holandeses, pese a no tener a nadie en el hotel, tenían bebidas frescas y aunque no nos alojábamos en su establecimiento, se preocuparon en hacernos sentir como en casa). En cuanto a que sociedad es más feliz…. Sin duda en África ves mucha más sonrisa por metro cuadrado. La gente todavía tiene esa inocencia que en occidente se pierde con los años y es demasiado fácil conseguir arrancar una risa. Cada cual que elija que tipo de felicidad prefiere.

5 Disfrutando del atardecer con nuestro guía

Disfrutando del atardecer con nuestro guía

Al día siguiente cogemos otro transporte que nos lleva de nuevo a Lushoto, distante 60 kilómetros de tortuosas carreteras. Nos despedimos de nuestro guía y ponemos rumbo a Dar er Salaam, la capital económica de Tanzania. La carretera es muy cómoda hasta Chalinze, donde confluye con la principal carretera que viene del oeste y se convierte en una locura de camiones y dala-dalas (minivans que transportan pasajeros) El asfalto es terrible, horadado por la procesión de miles de camiones que han provocado irreales rodadas en el propio asfalto. Y si a eso le sumas que se conduce por la izquierda, herencia de su pasado inglés, la conducción se vuelve estresante. Aquí es donde se pone a prueba la confianza ciega en la pareja, cuando Cristina es la que me tiene que dar luz verde para realizar un adelantamiento completamente ciego para mi.

6 Playas de Zanzibar

Playas de Zanzibar

Nos alojamos en un desolado camping a las afueras de “Dar”, que más parece una escena de El Resplandor que de un apacible camping a orillas del Indico. Al día siguiente pasamos más de 4 horas tratando de buscar un lugar donde aparcar a nuestro coche durante unos días, y es que en una de las capitales de África parece que no han descubierto la utilidad de los parkings públicos. Y eso que el tráfico es intenso. Finalmente descubrimos un parking público en la India Street que nos van a cuidar de Ferdi al precio de 6 euros por día. Y es que queremos pasar unos días disfrutando de las delicias de Zanzibar, uno de esos paraísos terrenales que sigue mereciendo la pena descubrir. Todo el que piense que Zanzibar es como un Benidorm africano, está totalmente equivocado. Seguro que existen grandes resorts de esos que a mi personalmente me dan pereza entrar, pero si buscas solitarias playas de postal aderezada con algo de turismo cultural, Zanzibar es tu destino.

Pasamos un par de días vagabundeando por Stone Town, la capital del antiguo sultanato de Zanzibar. Bien merece la pena el perderse por sus callejones, escaparte de los agobiantes papasi, esos buscavidas que tratan de engatusar al viajero con servicios tan diversos como dirigirte al hotel que buscas a cambio de una comisión o venderte unos gramos de marihuana, pero una vez que consigues zafarte de ellos y alejarte de las calles más comerciales, puedes descubrir en sus sombreados rincones suntuosas casas palaciegas con bellas puertas de madera de dos hojas con el marco y el pilar central profusamente tallado con delicados motivos florales. Estas puertas labradas son, junto a sus playas, el símbolo más característico de Zanzíbar.

7 puertas de Stone Town

Puertas de Stone Town

Alquilamos una moto y nos dirigimos a las playas del este, entre Paje y Bwejuu, donde zanganeamos 3 largos días entre arena blanca, palmeras y aguas azul turquesa. Esta zona de la isla todavía no ha sido invadida por los intensos kyte surfers, que con sus cometas consiguen decorar el azul intenso del horizonte del Índico de cientos de pinceladas de colores, desvirtuando así la paz de las playas de Zanzibar. Y la razón por la que no se adentra en las playas de Bwejuu es que en esta zona, cuando baja la marea, puedes contemplar a las cultivadoras de algas, uno de esos oficios milenarios que el avance del turismo todavía no ha conseguido extinguir. Desplazar y arrinconar, pero no extinguir. Como en prácticamente la mayoría de los duros oficios africanos, es netamente desarrollado por mujeres. Éstas, en las horas en que el mar retrocede varios centenares de metros hacia la barrera de coral, se adentran con sus coloridos vestidos hasta 300 metros más allá de la orilla, a cultivar algas que se utilizan para la floreciente industria cosmética de occidente. Para ello clavan unos pilares en la arena (esta trampa bajo el agua es la razón por la que no se aventuran por estos lares los kyte surfers) a los que atan un cordel del que penden trozos de algas. Estas algas crecen a razón de un 7% diario, y cuando ya tienen un tamaño suficiente, las recogen dejándolas secar al sol y reemplazándolas por nuevas algas.

8 Mujer cultivando algas

Mujer cultivando algas

Las mujeres pasan largas horas en el agua y por lo visto debido al aumento de la demanda de estas algas, sus horas de trabajo han aumentado. En un reportaje que leí hace tiempo en El País a una de estas trabajadoras, comentaba que ahora en vez de tener solo un kanga (tela con la que se visten las mujeres en Africa) ahora tenía 3, pero a cambio debía estar el doble de horas con el agua por la cintura en el agua. ¿Esto es el progreso? ¿Doblar tu duro e insano trabajo para poder comprarte 2 telas más para poder vestirte?

Abandonamos con pena este rinconcito del paraíso, pero el viaje continúa y echamos de menos a nuestro “Ferdi”. Tras pasar un par de días preparando la ruta en un camping a las afueras de Dar er Salaam, ponemos rumbo hacia el parque de Selous, uno de los mayores de África, aunque la mayor parte de su extensión se usa como reserva de caza, y tan solo el norte del parque permanece abierto al turismo no armado. Dejamos atrás el asfalto y de nuevo nos internamos por esas pistas de tierra roja, flanqueadas de palmeras y de tremendos árboles de mango. Tras unos días de “vacaciones” retomamos la esencia del viaje, esas sensaciones que habían quedado atrás,  el conducir por una pista a menos de 40 km por hora, cruzando aldeas con cabañas de adobe donde los niños te saludan a tu paso y contemplas a los hombres sentados a la sombra de un árbol y a las mujeres caminar al borde de la carretera portando los perennes bidones de agua.

Acampamos en la entrada del parque de Selous, en uno de esos lodges que te permiten acampar, el Selous River Camp. Lo llevan una agradable pareja de sudafricanos, que nos tratan como a sus mejores clientes. Por tan solo 5 dólares per cápita nos proporcionan fuego para la hoguera nocturna, nos asesoran sobre la ruta de los próximos días y nos permiten tomamos una cerveza helada en el agradable mirador que tienen sobre el río Rufiji, contemplando al sol rielar sobre las aguas  y a los hipopótamos chapotear a pocos metros de ti.

El día siguiente recorremos los rincones del parque de Selous. Con muchos menos visitantes que sus vecinos del norte, pero de intensa belleza y mucha vida salvaje. Los leones están vez nos son esquivos, pero por el contrario vemos inmensidad de jirafas, elefantes y cebras.

Salimos del parque al atardecer por la puerta de Matambwe y al día siguiente es uno de esos días en los que dudas, si ir por la carretera fácil para alcanzar la carretera nacional o cruzar el parque de Mikumi, por donde te han dicho que hay una carretera, ya que ésta no sale en tus mapas, y además no sabemos en el estado en el que se puede encontrar debido a las lluvias caídas en las ultimas semanas.

Siguiendo el consejo del poeta Robert Frost, cuando pude elegir dos caminos, elegí el menos transitado, y eso hizo toda la diferencia, nos lanzamos a descubrir los caminos perdidos de Africa, que para eso hemos venido aquí y disponemos del coche adecuado. Y como no podía ser de otra manera, acertamos. El camino es precioso, solitario, salvaje. Uno de esas rutas que te hacen dar cuenta que estás perdido en Africa, misteriosa, peligrosa e inquietante. Las altas hierbas llegan en algún momento a superar la altura del coche, y no ves bien por donde avanzas. El bosque es denso, frondoso, impenetrable, que te da la sensación de que te vas a encontrar con un gorila en cualquier esquina. Contemplamos cebras y antílopes que huyen despavoridos ante nuestra presencia. Al cabo de 4 horas llegamos a la cabaña perdida de unos rangers del parque, a los que despertamos de su aletargada siesta. Un tanto extrañados por nuestra presencia, nos hacen firmar en el registro del parque y contemplo que, a día 7 de febrero, somos el primer coche que ha cruzado por allí en lo que llevamos de año. Por lo visto ese puesto avanzado del parque cumple la función de lucha contra los cazadores furtivos. Aunque en vista de como les sorprendimos, no parecía que estuvieran muy alerta en ese momento.

Continuamos 4 horas más adentrándonos en el parque, sin cruzarnos con un solo coche en todo el día, superando fuertes pendientes y atravesando planicies invadidas por la maleza hasta llegar a lo que creemos que es otro puesto de rangers, pero que en ese momento parece no haber nadie. Y allí decidimos pasar la noche.

Encendemos un fuego y nos cocinamos una deliciosa fabada asturiana para reponer las fuerzas del largo pero bello día. Nos metemos en nuestro Ferdi a dormir, y a las pocas horas un rugido demasiado cercano nos despierta. Es una de las mas excitantes experiencias africanas: los ruidos de la noche. Pasas todo el día sin ver a un solo bicho, pero al caer la noche, la jungla parece despertar de su caluroso letargo y cobrar vida, un vida intensa que hace que te cueste conciliar el sueño. Ranas, monos, pájaros nocturnos comienzan su particular coro a veces interrumpidos y acallados por animales de mayor calado. El poder vivir esas sensaciones al abrigo de una tienda de campaña, o en nuestro caso de un coche, te hace sentir de cerca la magia que consigue desprender África.

9 Fuego de campamento Africano

Fuego de campamento Africano

Nos despertamos al alba. Abro un ojo cuando el sol todavía no se ha atrevido a asomar y la luz es todavía difusa.  Entorno con cautela la puerta del coche para otear panorama. Lo primero, mirar debajo de Ferdi, no sea que compartamos habitación con algún intruso no esperado. De repente, oigo un ruido sordo, de hierbas al moverse. Tratando de vislumbrar entre las sombras, contemplo la gran silueta de un elefante a escasos 10 metros nuestro, paciendo apaciblemente en la hierba. Y parece que no está solo. A cada minuto la claridad aumenta y con ellas los elefantes que tenemos a nuestro alrededor. Tenemos unas dos docenas de elefantes pastando a escasos metros del coche, y a tenor de su inmovilidad, no muestran abiertas intenciones de moverse. Afortunadamente no parece importarles nuestra presencia y podemos acercarnos a las letrinas y desmantelar el campamento sin ningún contratiempo.

10 Saliendo del coche con los elefantes al fondo

Saliendo del coche con los elefantes al fondo

Tras la experiencia paquiderma ponemos rumbo a Malawi, ese alargado país que nace a la sombra del lago Malawi o lago Nyasa, como se le conoce a la masa de agua más meridional del Gran Valle del Rift, con 560 kilómetros de largo por 75 de ancho. Malawi es uno de los países más pobres del mundo, pero parece que el ranking de pobreza es inversamente proporcional a la amabilidad y simpatía de sus habitantes. Tanto Cristina como yo coincidimos en el cambio de comportamiento que se produce al adentrarnos en este pequeño país. Sonrisas afables, agradables conversaciones y simpatía desbordante son las primeras sensaciones de todo aquel que aterriza en Malawi.

11 Campamento de Karuma

Campamento de Karuma

Pasamos la primera noche en un pequeño campamento cercano a la frontera, en la población de Karuma, donde la familia propietaria se desvive en hacernos sentir como en casa en su destartalado alojamiento, calentándonos agua para la ducha y facilitándonos una mesa, sillas y una luz para poder disfrutar de nuestra cena. De allí ponemos rumbo a Livingstonia, agradable localidad emplazada 1000 metros por encima del lago a la que se accede por una vertiginosa carretera de 21 curvas apta solo para no amantes del vértigo. Pero las vistas desde allí arriba son sobrecogedoras. Tal y como escribió la guía Lonely Planet en una muy antigua edición sobre el primero de los hotelitos que se montaron allí arriba, desde allí se pueden contemplar las mejores vistas de todo África. Y palabra que en pocos lugares se puede disfrutar de una visión semejante: tras una boscosa pared se arrojan colinas verdes donde serpenteantes sendas recorren los campos de matoke y maíz para acabar muriendo en alguna solitaria choza, mientras abajo, el lago Malawi se transforma en un mar, donde solo con esfuerzo y en los días claros consigues vislumbrar las siluetas montañosas de la orilla opuesta. Cada hora del día ofrece una visión diferente. Al amanecer, el sol tiñe de naranja el lago, transformándolo de un azul intenso a un espejo plateado conforme pasan las horas del día y el sol realiza su perenne trayectoria, para al caer la noche, cubrirse con las sombras y adoptar el sobrenombre de Lago de las estrellas, porque es cuando cientos de pescadores salen a faenar alumbrados por un candil para atraer a los peces, dando la sensación, contemplándolo desde las alturas, de estar observando un firmamento invertido, repleto de titilantes estrellas que navegan por la superficie del lago. Y ese sobrenombre del lago de las estrellas solo se ve roto cuando una luna llena, inmensa y sangrante, hace su aparición tras las montañas de Mozambique e inunda de una mancha de color naranja la superficie del lago.

12 Con vistas al lago Malawi

Con vistas al lago Malawi

Disfrutamos de las aldeas y caminos de las montañas del norte de Malawi antes de disfrutar de un par de perezosos días de las delicias del lago en el caribeño rincón de Nkhata Bay, de aguas azul turquesas, peces de colores y apacibles vistas al lago antes de seguir ruta rumbo a Zambia.

13 Baños del hotel de las montañas de Livingstonia

Baños del hotel de las montañas de Livingstonia

14 Con la moto por Zanzibar

Con la moto por Zanzibar

15 Algas secándose en Zanzibar

Algas secándose en Zanzibar



 

Author: Álvaro

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3 Comments

  1. Muy bueno el blog. Me encanta seguir vuestras andanzas! Espero ansioso la siguiente entrega!

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  2. Me ha encantado, Álvaro.
    Hasta yo, que soy el mejor ejemplo de anti-viajero, estoy disfrutando con vuestras aventuras, y muy especialmente, con cómo las narras; me parece espectacular tu habilidad para describir, y trasladarnos vuestra pasión por la aventura.
    Os felicito a los dos, y por cierto: ¡impresionantes las puertas de ese “sultanato” cuyo nombre sólo me sonaba.
    ¡Adelante!

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    • Gracias por tus palabras Fran! La verdad es que no resulta tan difícil plasmar en letra todo lo que vivimos… Son experiencias tan diferentes a nuestra vida cotidiana, que las horas que pasamos en el coche las pasamos comentando lo que vemos y vivimos, y de ahí al papel (en este caso ordenador) solo hay un paso!
      Un abrazo!

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