Un viaje desde Cairo hasta Ciudad del Cabo

Abandonamos el Nilo Azul

Tras Karima, nuestro siguiente destino es Meroe, la mayor atracción turística de Sudán. Desde Atbara, la carretera de Karima se une con la que viene del Port Sudán y entre el lamentable estado del asfalto y la cantidad de camiones que circulan en ambos sentidos, la conducción se hace complicada, pero afortunadamente, cuando el sol se nos escapaba por el horizonte más allá del Nilo, a nuestra mano izquierda podemos contemplar el color rojizo de las pirámides de Meroe recortándose contra el horizonte.

Acampamos en una colina cercana desde donde poder contemplar el amanecer sobre las pirámides. Tras una espectacular noche estrellada, nos levantamos al alba para desayunar con el sol iluminando las pirámides. A los pocos minutos hace su estelar aparición un “aborigen” montado en un burro. Tras los saludos de cortesía, despliega ante nosotros toda suerte de abalorios, souvenirs y recuerdos a la venta. Le ofrecemos té y nos vamos a visitar las pirámides, y observamos horrorizados como en lontananza se aproximan más burros cargados de oro incienso y mirra. Es el problema que tiene ser los únicos turistas en varios kilómetros a la redonda, que todos los vendedores de recuerdos se reparten entre nosotros dos.

Las pirámides de Meroe

Las pirámides de Meroe

Afortunadamente, podemos disfrutar las pirámides completamente solos. Meroe está compuesta por 3 conjuntos de pirámides datadas en más de 2800 años. El núcleo principal, está emplazado sobre una pequeña colina a la que el paso de los siglos y los vientos del desierto han ido cubriendo de dunas, que aparecen inmaculadas a nuestra visita. La soledad del recinto y la carencia de huellas en la arena hace volar nuestra imaginación e imaginamos que somos los descubridores de este antiguo cementerio Kushite. Las pirámides tienen unos 20-25 metros de altura, y a diferencia de las egipcias, se construían sobre la tumba del difunto y se acondicionaba en el lateral este de la pirámide una pequeña capilla decorada con jeroglíficos donde honrar al fallecido. Permanecen en un buen estado de conservación dos docenas de pirámides, y otras 70 en diferentes estados de preservación.

En Jartum nos alojamos en el Youth Hostel, donde por 6€ podemos acampar en su agradable patio y usar su lento wifi y sus medianamente sucios baños. Allí coincidimos por primera vez con los primeros viajeros independientes de todo nuestro periplo africano. Conocemos a una pareja de koreanos que comenzaron su viaje en Mongolia hace un año, a Tom, un simpático australiano de 25 años que lleva 3 viajando desde que abandonó su Melbourne natal y que desde Egipto quiere emprender el regreso a casa y a Ramón, un ovetense que está trabajando para una ONG durante un mes en Jartúm dando cursos de pensamiento crítico a formadores de diversos colectivos de Sudán, debatiendo sobre temas tan diversos y tabúes en el país como el papel de la mujer, la homosexualidad o el rol de la religión en la sociedad sudanesa.

Pasamos 3 noches en la capital del Nilo, aprovechando para sacarnos el visado conjunto de Kenia, Uganda y Ruanda y visitando la Isla Tuti, lugar donde confluyen los Nilos Blanco y Azul. La susodicha isla es como un pueblecito dentro de una ajetreada capital. Las casas de adobe de una sola planta forman calles de tierra y arena y no existe el tráfico rodado salvo algún carro tirado por burros que se dirige a las plantaciones del norte de la isla. Atravesamos campos de cultivo para llegar al extremo de Tuti, allí donde confluyen los dos ríos, y disfrutamos del atardecer sobre uno de los puntos geográficos más emblemáticos de Africa. El regreso lo hacemos montado en un carro de alfalfa junto a dos simpáticos lugareños que nos dan una agradable conversación en un fluido árabe.

Las confluencias del Nilo Azul y Blanco

Las confluencias del Nilo Azul y Blanco

Los pinchos estilo Ben-Hur

Los pinchos estilo Ben-Hur

Lo que nos llama la atención de Jartum, si lo comparamos con las urbes egipcias, es que hay más semáforos (el presupuesto incluso ha llegado para poner algunos para los peatones) y el tráfico es más ordenado (aquí cada uno respeta su carril y no se agolpan los vehículos en espacios imposibles) y tan solo hay que tener cuidado con los autobuses y tuk-tuks (moto-taxis con un cajón donde llevan pasajeros) que imitando la célebre carrera de cuadrigas de Ben-Hur, han acondicionado sus ruedas con un acople dentado que hace que pegues un volantazo en cuanto ves acercarse a uno de esos Charlton Heston de las urbes jartumesas.

Te-mercado

Vendedora de té

Nuestro periplo sudanés va llegando a su fin y ponemos rumbo a Etiopía. Nos paramos a descansar en una aldea donde se celebra un mercado de vacas y cabras. En pocos minutos nuestro coche se ve rodeado de gente dándonos la mano e invitándonos a tomar un té con ellos. Entramos en un cuarto levantado a base de ramas y techo de latón, donde dos chicas ataviadas con alegres túnicas sirven té a una concurrencia netamente masculina. Ellos, todos vestidos con túnicas blancas salvo alguna excepción que va vestido con prendas occidentales. Ellas con un vestido que les cubre media cabeza de forma informal. Ya se les ve el pelo, que lo tienen decorado con trencitas al estilo africano. Parece que nos examina un tribunal: sentados en dos sillas con cientos de ojos que nos miran, móviles que nos hacen fotos, manos que nos estrechan y las preguntas de siempre ¿de dónde sois? ¿cuántos hijos tenéis?

La carretera es buena. Hay varios controles de policía pero se sortean todos con una sonrisa:
-Hello! Where do you come from?
-Spain, Madrid!
-Real Madrid? Cristiano Ronaldo!!
-Aiwa, aiwa! (¡sí, sí!)
-Barcelona, Messi?
-La! La! (¡No! ¡no!) Cristiano!
-Aaah!! Real Madrid!! –
-Aiwa, aiwa!! (sí, si)
-Good, good!! Have a good trip!
-Sukram! (¡gracias!)
En todos sin excepción la misma conversación, y dejamos a dos policías con una sonrisa en la cara agitando sus manos en forma de despedida. Como dice Cristina… ¿de que hablaran los suecos en los controles policiales?

Cruzamos el Nilo Azul en la ciudad de Wad Madani y lo abandonamos hasta encontrarlo un par de días más tarde en el lago Tana, ya en Etiopía. El paisaje tras dejar atrás el río comienza a cambiar. Desde Egipto, el paisaje era árido, plano, donde solo la franja verde del Nilo daba una nota de color al paisaje. Poco a poco comienzan a erigirse colinas con arbustos verdes, entre praderas con el color amarillo de la sabana, salpicadas de vez en cuando por alguna acacia. La imagen mental que tenemos de Africa comienza a aparecer imperceptiblemente ante nuestros ojos. Y es que Sudán es a Africa lo que el eslabón perdido al hombre, ese paso entre el Africa del Magreb al Africa Subsahariana, que se va desplegando ante tus ojos conforme remontas el devenir del río Nilo.

Hace mucho más calor. El termómetro alcanza los 35 grados y comienza a formarse alguna pequeña nube en el cielo, las primeras pinceladas blancas desde que abandonamos Alejandría hace ya un mes. En dirección contraria no hacen mas que pasar camiones atestados de sacos y sobre todo de gente. Van dentro de la caja, agarrados a los laterales y hasta sentados sobre la cabina. Casi todos son hombres y van sin excepción vestidos de blanco, del mismo color que su sonrisa, que nos muestran abiertamente cuando les respondemos al saludo.

Camelleros con sus cabras

Camelleros con sus cabras

Paralelos a la carretera avanzan grandes rebaños de vacas de las de grandes cuernos y de cabras. Los pastores van a lomos de burros o de camellos, algunos de ellos niños de apenas 10 años de edad. Las mujeres van vestidas con pañuelos de 1000 colores. Por aquí no se ve la abaya negra y el niqab tan común en Egipto, sino que van con una tela de colores enrollada al cuerpo tipo shari indio, con la que se cubren la cabeza de forma informal. A las mujeres se les ve sobretodo en las proximidades de las aldeas, portando en la cabeza cubos para recoger agua del pozo más cercano o grandes fardos de leña.

Para pasar la noche nos salimos de la carretera en algún lugar entre Gedaref y Gallabat, la frontera, y acampamos escondidos entre un bosque de acacias, escuchando el rumor de los camiones que van y vienen de la frontera y una hiena que se deja oír en la lejanía.

El trámite fronterizo es rápido. Atrás han quedado ya las penurias de la burocracia egipcia y traspasamos rápidamente la cuerda que hay tendida en la carretera y delimita ambos países, aunque a los cientos de personas y burros que circulan por ahí como Pedro por su casa no parece importarles que se están cambiando de país.

Al cruzar la frontera se nota un cambio drástico. A las mujeres ya se les ve el tobillo, y alguna va con pantalones cortos. Ya no se ven velos, sino cabezas decoradas con trencitas y peinados imposibles. Alguna lleva velo, al igual que algunos hombres que llevan turbante, pero parece más para protegerse del sol que como motivo religioso, ya que se ve a bastante gente portando un paraguas por la calle para resguardarse del abrasador sol. Pero lo que más nos llama la atención es la gente. Hay gente por todas partes. No hay un tramo de carretera en que no te encuentres a gente andando, animales, carros tirados por burros o campesinos trabajando en el campo. Ya no se ven camellos, pero sí burros, muchos burros que andan en línea recta hacia tu coche como si de un torpedo equino se tratara.

El paisaje es diferente. Ya no hay extensas llanuras sino colinas salpicadas de cabañas circulares con techo de paja. De hecho, a los pocos kilómetros comenzamos a subir hasta los 2600 metros de altura. A diferencia de España, donde a esas alturas apenas hay vegetación salvo algo de hierba entre las rocas, aquí sigue habiendo campos de cultivo y bosques de eucaliptos.

Nos alojamos en un hotel-camping que llevan una pareja de holandeses (divorciados recientemente según nos contó su dueña) en Górgora, a orillas del lago Tana. Cubrimos rápidamente los 200 kilómetros que separan la frontera del cruce de carreteras con Gondar, ya que el asfalto es bueno y apenas hay tráfico, pero los 60 kilómetros de pista infernal que hay hasta Górgora nos lleva 2 horas. Pero el lugar merece la pena. Un enclave perfecto para acampar entre cuidados jardines con vistas al lago y cerveza helada provocan que nos quedemos dos días reponiendo fuerzas y ordenando el coche, listo para afrontar las carreteras etíopes.

Acampados frente al lago Tana

Acampados frente al lago Tana

Tras Gondar, curiosa ciudad famosa por sus castillos datados del siglo XVII en que era la capital del imperio del rey Fasilidas, nos dirigimos a Axum, atravesando el imponente espectáculo de las montañas Simien. La carretera asciende rápidamente por encima de los 3000 metros y serpentea entre colinas y campos de cultivo en un paisaje que encajaría más en Asturias o en algún Cantón Suizo que en el corazón de Etiopía. Se ven montones de paja seca amontonados en los campos de cereal e hileras de eucaliptos flanqueando los laterales de la carretera. Sigue habiendo gente por todas partes, aunque visten de manera más andrajosa que lo que se veía por los alrededores del Lago Tana y Gondar. Hay que tener mucho cuidado, ya que la gente cruza la calzada sin mirar, cargando haces de paja imposibles en la cabeza o los burros caminan en línea recta sin importarles si se dirige hacia ellos un coche de 3000 kilos de peso.. Aquí en el examen de conducir, en vez de sortear conos, deben de poner burros para comprobar la destreza de los conductores….

Hoy es sábado, y debe de ser día de mercado ya que todos andan en la misma dirección con ganado o bultos en la cabeza. Los hombres suelen llevar un bastón largo para dirigir el ganado y muchos van cubiertos con mantos blancos (o lo que en su día debió de ser blanco). Las mujeres lucen paraguas de colores y lentejuelas y los niños juegan solos al borde de la carretera sin ningún tipo de supervisión de los adultos, si no es que van dirigiendo algunas cabras o portando cubos de agua. Sin duda la infancia aquí se vive diferente a nuestra tierra….

A partir de Debark, el asfalto se acaba y comienza un descenso de 1500 metros de desnivel por una pista rocosa y dura, pero la conducción se lleva mejor contemplando la belleza de las montañas Simien, de más de 4000 metros de altura, que nos acompañan hasta caer la noche. Llegamos con la oscuridad a Shire, donde nos alojamos en un bullicioso hotel por algo menos de 6€ para al día siguiente llegar a Axum, localidad donde se pueden contemplar obeliscos de más de 20 metros del altura erigidos en honor a los reyes de este imperio en el ya lejano siglo III de nuestra era y donde también cuenta la leyenda que está guardada el Arca de la Alianza, robada por el hijo de la reina de Saba (reina de estas tierras) a su padre el rey Salomón, pero lamentablemente esta visita no es apta para ojos occidentales…

Paisaje de la carretera a Axum

Paisaje de la carretera a Axum

Nuestra próxima parada será el desierto de Danakil, una de las etapas más mágicas y espectaculares del viaje, antes de poner rumbo a las iglesias escavadas en la roca de Lalibella y a pasar la Navidad a orillas del lago Turkana.

Author: Álvaro

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2 Comments

  1. Cada etapa que contáis, me da maaaaas y mas envidia!!
    Veo que va todo muy bien

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